Crónica culinaria de la Relaciones Públicas de Okaeri, por Carmen Llosa
Información relevante sobre mi criterio gastronómico:
Por suerte o por desgracia —de mi bolsillo, especialmente—, mi paladar ha sido educado para distinguir lo bueno de lo malo. Es lo que tiene ser nieta, hija y sobrina de personas que han dedicado su vida, o gran parte de ella, a la gastronomía.
Salvo aquel verano en casa de mi abuela, cuando aseguré con firmeza: “¡Cómo se nota que estos tomates son de la huerta!”. Creo que Alimerka tenía unas huertas estupendas por entonces. Gracias a mi hermano, que se encarga de recordármelo cada vez que tiene oportunidad.
Crónica culinaria de la Relaciones Públicas de Okaeri
Una mañana de primavera de 2018, tras una intensa sesión de yoga, me propusieron (re)desayunar en un sitio nuevo que tenía muy buena pinta. Obviamente, acepté. Porque nunca se debe decir que no a desayunar dos veces.
Allí fui, optimista, dispuesta a enfrentarme a la enésima bolsita de té verde aromatizado, acompañada de una creativa tostada de aguacate. Esas que ponían en las cafeterías que empezaban a florecer por Madrid y Barcelona.
Pero, para mi sorpresa, me encontré con algo mucho mejor: un té verde de hojas frescas y hermosas, servido con un termo de agua a la temperatura exacta (70-80 ºC), como debe ser, para evitar disgustos en el paladar.
Entonces conocí a Cruz, una verdadera experta. Me explicó de dónde venía ese té, cómo se cultivaba y cómo debía tomarse: cuántos minutos —o, mejor dicho, cuántas respiraciones— tenía que reposar antes de dar el primer sorbo. En ese momento, me di cuenta de que, aunque creía haber hecho mis pinitos, nunca había tomado un té en condiciones.
No hubo tostada de aguacate: preferí una de mermelada casera de frutos rojos sin azúcar —me gusta el dulce una barbaridad, pero ¿por qué narices le quitamos el sabor a las cosas embadurnándolas con azúcar?—, granola y una base de tajín que me hacía la boca agua. Y aquí el mérito es de David, que sabe cómo combinar lo sano, lo sabroso y lo divertido.
Definitivamente, eso no era una de esas cafeterías de especialidad, ni mucho menos un restaurante convencional. Quizás el concepto más acertado fuese una casa de té y de comida saludable. Pero, ¿qué más da? Soy millennial, no necesito etiquetas. Lo importante es que ese lugar consiguió bajarme las revoluciones que a menudo llevo encima y me permitió disfrutar, tranquila y sin prisas, de un exquisito (re)desayuno.
Salí de allí queriendo volver, sabiendo que iba a volver y eso he hecho durante estos siete años. La mayoría de veces sola, aunque de vez en cuando he llevado a mis amigas, a algún amigo o a algún amante — en orden de afecto, naturalmente—.
Con o sin compañía, he probado tés de toda clase y procedencia. Entre mis favoritos están: Agujas de Plata de Fujian o un oolong de baja oxidación de Taiwán llamado Four Seasons. Incluso le he cogido el gusto al maldito té matcha, tan de moda entre las influencers y la gente cool —en realidad, yo soy bastante cool así que tiene sentido—. Comprendedme, no había escapatoria. Porque Cruz, que sabe el producto que tiene entre manos, te lo prepara fiel a su lugar de origen, como si te encontraras en el mismísimo Japón: mismos utensilios, mismos elementos, misma técnica. Tendríais que verla: lo hace con suma elegancia, precisión y detalle. ¿Cómo se puede decir que no a semejante ritual?
Con el café ocurre algo similar. En Okaeri no hay cafetera, pero no la necesitamos. Un café de calidad no exige gran maquinaria. Lo que necesita es, sencillamente, unas buenas manos para molerlo, filtrarlo y servirlo. Ah y una taza para tomarlo, claro. Sólo os diré que lo he bautizado café Cinco Jotas. Entenderéis por qué.
Un inciso: os recomiendo que nunca, bajo ningún concepto, pidáis un bolsita de té con sabor a frutos rojos, un descafeinado de sobre o algo por el estilo. A Cruz le puede dar un cortocircuito cerebral. No se le pide un Shein a Chanel.
No vayáis a pensar que todo ha sido beber. También he saboreado platos que, sin la mano y la cabeza de David, serían impensables. Su creación culinaria se basa en una comida saludable bien entendida. Repito: bien entendida. Porque, — y cito al propio chef— “Comer un brócoli pasado de cocción e insípido no es comer sano, es comer mal.” Él elige ingredientes frescos y de temporada, los cocina con mimo y les mete, lo que podríamos llamar, un poco de punch. ¿A qué me refiero con esto? A mezclas inesperadas: especias orientales por aquí, un contraste dulce-ácido por allá y siempre respetando el ingrediente principal: lo eleva, no lo tapa. Por eso salen platos tan curiosos como sabrosos: boniato cortado en finas tiras con salsa de nueces; pasta en todas sus formas —desde su clásica versión de tomates y albahaca hasta una con una sorprendente salsa de aguacate, siempre en su punto (¿será cosa de ser italiano?)—; risottos de fresa o de naranja —que, francamente, no sé a quién se le habían ocurrido antes— y, de postre, la inolvidable tarta de manzana.
Además, si tenemos en cuenta que últimamente todo el mundo es vegetariano, vegano, intolerante al gluten, a la lactosa o a la vida en general, lo más probable es que Okaeri sea para vosotros, queridos lectores. Y, desde luego, para mí: amante declarada de la carne, del pan y de la lactosa, pero demasiado intolerante a comer mal.
Ahora bien, dejemos la comida y el maridaje a un lado, porque entre sorbos y bocados me fui chocando con gente: recuerdo con ternura a José Ramón, lector empedernido que me contaba sus aventuras de cuando era joven; Yolanda y Jaime, una pareja cultísima y majísima con la que puedo pasar horas hablando de todo y nada; María, que básicamente me ayudó a descubrir mis talentos — sí, parece que tengo alguno—; Ana, una inquieta fotógrafa con la que suelo compartir barra; y por supuesto, Cruz y David, con quienes he intercambiado gustos, opiniones y, sobre todo, muchísimo cariño. Fijaos si ha dado de sí la cosa, que Cruz me engañó para hablar en su podcast.
Total, que después de darle tantas vueltas, lo único que quería decir es que a una casa de té y comida saludable no se le puede pedir más: insuperables tés, exquisita comida, buenas digestiones y, especialmente, la sensación de estar en casa. Aunque, la verdad, no deberíais hacerme mucho caso: recordad que un día confundí los espléndidos tomates de la huerta de mi abuela con unos de Alimerka.
Con sorbos, bocados e ingenio,
Carmen Llosa
Relaciones Públicas de Okaeri







